No sé por qué alguna vez, tras darle de comer pasto un rato a alguna vaca en Pacho, resolvimos revisar si nos lamería la cabeza. Tal vez era algo relacionado con la expresión “lamido de vaca” para describir ese peinado engominado hacia atrás que estaba tan de moda. Como sea, sin remilgo me acerqué a la vaca y le ofrecí mi cabeza hasta que la vaca con paciencia empezó a peinarme con su lengua rugosa a gestos largos y podría decirse incluso que metódicos. Parecía una limpieza. Se me ocurre ahora que tal vez fuera una forma de comunicarse conmigo porque no siento que me mordiera. Entendía, quizás, que era un gesto sobre todo social, de confianza, de reconocimiento del otro y hasta apoyo a su manera. Quién sabe qué me diría. No sé si debí lamerle la frente también.