La niebla cubre la ciudad esta mañana. Como la gravedad, la niebla altera el espacio; lo atenua y perturba. Supongo que también el tiempo.
Caminar la niebla me recuerda paseos de infancia y el olor húmedo y verde del páramo.
Tal vez también la certeza de estar perdidos. Así como la claridad de que ante la pérdida (que suena como derrota) solo queda avanzar.
Debíamos tener unos nueve años. A veces me parece que todo pasó, o se volvió más real, cuando teníamos nueve años.
Cuando escribo en plural siempre pienso en Sergio. Sergio y yo éramos uno, especialmente entonces.
No sé cómo nos alejamos del grupo. No sé si nos perdieron o los perdimos. Recuerdo una bajada empinada. Tal vez nos resbalamos.
El suelo era una esponja de fango. Y alrededor la niebla.
También hay bruma en mi memoria el día que en un paseo del colegio fuimos acechados por un oso. Nadie lo vio, pero lo sentimos.
Ahora es sábado de 2026. Las montañas son casi un sueño desde acá. Perdidas en otro mundo. Deidades primigenias que siempre me esperan de regreso. Inexpugnables, pacientes, eternas. Una añoranza recurrente que se exacerba con la niebla.