noche

Cada tanto quiero volver a intentar escribir una novela.

Pero pocas veces avanzo lo suficiente. Solo una vez lo hice. Nunca sentí que sonara sincero.

A veces imagino que tal vez con la edad llegue un momento cuando pueda volver a escribir sin la angustia de sentirme insuficiente.

Por un tiempo pensé que los años dedicado al software me darían esa tranquilidad. Que la experiencia de vivir en la suboptimalidad perpetua del código capitalista me ofrecería la perspectiva que necesitaba y me dejaría ser libre otra vez, como cuando era joven y creía que podía.

No sé si de verdad alguna vez pude. Pero al menos no me dejaba intimidar.

Hace una semana empecé a contemplarlo otra vez. A darle vueltas a la misma idea: hay una casa en la montaña con una habitación. Hace mucho frío. Hidalgo se levanta de la cama y camina rastras hasta la sala y cocina. Algo lo distrae. Creo que Hidalgo está muerto o tal vez a punto de morir. Lo atormenta saber que es vigilado. Es posible que sea un fantasma. En su soledad no hay diferencia de cualquier modo. Hidalgo sale afuera y solo hay niebla y olor a tierra mojada y musgo. El aire frío lo golpea en el pecho. Hay ruidos afuera. Tal vez es la bestia. Hace semanas que no regresa.

noche

A veces me da miedo todo. El miedo me paraliza y no me deja pensar. Y cuando no pienso la ansiedad residente asume el mando, siempre tan segura de sí misma, del futuro.

Evado el miedo tomando distancia de mí mismo y de mi vida. Me fundo en el trabajo, en las labores pequeñas, en la soledad concurrida. Procuro desvanecerme. Me excluyo. Así me protejo.

No funciona. Cada cierto tiempo me detengo y miro lo que soy y vuelve el miedo. Nunca está muy lejos.

Hace unos días tuve un momento de claridad. Descubrí algo sobre mí mismo que había ignorado. Es simple, la verdad. Necesito estar presente y sentir. Necesito que me vean. Quiero explorar lo que significa. Quiero entenderlo mejor. No puedo permitir que el miedo se interponga. Queda poco tiempo.

mediodía

Es fácil perderse en Peterborough. Toma varias horas de una combinación de trenes y buses llegar. Es el mundo de Sarah. Aquí creció. Sarah también se pierde en Peterborough. Me señala dónde están las cosas pero nada está donde se supone que debería estar. Tal vez Peterborough es un vórtex espacio temporal, esencialmente inasible. En constante evasión de sí mismo. Tal vez en Peterborough a nadie le importa tanto dónde quedan las cosas. Tal vez ubicar las cosas es una ilusión. Nada nunca está donde debería estar. Pero por lo pronto hoy estoy en Peterborough. Sarah hace pan y me cuenta de sus viajes y sus neurosis. Me gusta estar con ella. Donde quiera que estemos.

noche

Cuando murió el gato decidí llevar luto por un año. No tenía ropa negra así que el día después de su muerte compré algunas cosas y vestí estrictamente de gris y negro los siguientes doce meses.

Poco a poco acumulé ropa negra. Ahora mi armario contiene una mezcla.

Cuando se cumplió el aniversario retomé con cierta culpa la ropa de color. Sentí que traicionaba su pérdida.

Mi terapeuta de ese entonces le intrigaba mucho mi luto. Sentía que era un proceso más profundo. Es probable que tuviera razón. Soy alguien de duelos largos.

Ahora ya a varios años de distancia sigo vistiendo de negro con frecuencia. A veces porque es cómodo. A veces porque siento que me da seguridad. Especialmente en el trabajo, donde con frecuencia me siento un múpet entre humanos.

Pero también uso ropa de color porque me gusta y me divierte. Aunque quizás parezca un payaso.

Pensaba en esto hoy cuando encontré un saco negro en una tienda que me gustó y decidí comprarlo. Cuando compro ropa negra siempre recuerdo a Plinio y lo importante que fue para mí que me acompañara todos esos años. Aunque tiendo a ser una persona que disfruta de cuidar de otros, soy muy descuidado conmigo mismo. Y no me gusta que me cuiden, me angustia. Pero Plinio me cuidó y protegió por diecisiete años con su mirada calmada y su calor a mi lado. Sé que nunca voy a tener a alguien así de nuevo. Siempre me sentía mejor cuando estaba cerca.

media mañana

La niebla cubre la ciudad esta mañana. Como la gravedad, la niebla altera el espacio; lo atenua y perturba. Supongo que también el tiempo.

Caminar la niebla me recuerda paseos de infancia y el olor húmedo y verde del páramo.

Tal vez también la certeza de estar perdidos. Así como la claridad de que ante la pérdida (que suena como derrota) solo queda avanzar.

Debíamos tener unos nueve años. A veces me parece que todo pasó, o se volvió más real, cuando teníamos nueve años.

Cuando escribo en plural siempre pienso en Sergio. Sergio y yo éramos uno, especialmente entonces.

No sé cómo nos alejamos del grupo. No sé si nos perdieron o los perdimos. Recuerdo una bajada empinada. Tal vez nos resbalamos.

El suelo era una esponja de fango. Y alrededor la niebla.

También hay bruma en mi memoria el día que en un paseo del colegio fuimos acechados por un oso. Nadie lo vio, pero lo sentimos.

Ahora es sábado de 2026. Las montañas son casi un sueño desde acá. Perdidas en otro mundo. Deidades primigenias que siempre me esperan de regreso. Inexpugnables, pacientes, eternas. Una añoranza recurrente que se exacerba con la niebla.

crepúsculo

Hace poco cumplí años una vez más. Pesa, la verdad. Siento la necesidad de un cambio, aunque no sé hacia qué o dónde. Quizás sea cuestión de esperar.

Afuera hay guerras. Tanto dolor. Se acumulan y extienden. Nadie está a salvo. El diámetro de la bomba lo cubre todo.

Afuera también hay parques y perros desesperados por encontrar el lugar correcto. Hay una banca y sus encuentros.

Nos despedimos para volvernos a encontrar.

noche

Cada vez hay menos tiempo. Pero la vida se siente bien. Las calles están llenas de hojas y la perra camina tranquila a mi lado. No hay prisa.

mañana

Con el calor vuelven las hormigas. Procuro respetar su presencia. Caminan por toda la casa buscando Dios sabe qué. Comida, de seguro. Aunque a veces me pregunto si habrá algo más. La comida no parece ser suficiente justificación. De pronto quieren decirnos algo.

No sé de dónde vienen las hormigas. Se materializan en cualquier lugar. A veces, mientras escribo, descubro exploradoras en mis brazos o mis manos. Quien nos viera pensaría que salen de mí.

Hace poco vi un documental en Netflix sobre un pangolín. Un señor de mi edad dedica meses (¿años?) a cuidarlo, mientras el animalito suma suficientes kilos de peso para vivir por su propia cuenta. Así sobrelleva el señor (no el pangolín) su crisis de la edad madura. Los pangolines, me enteré en el documental, son esencialmente bípedos, como las gallinas o las personas. Sabía que comían hormigas y termitas, eso sí, pero las escenas donde el pangolín descubre una colonia y la destapa para luego arrasar con lo que parecería ser toda la producción de huevos del año me impresionaron. Por un lado está el pequeño pangolín hambriento, aprendiendo a vivir, todavía a tres o cuatro kilos de distancia del peso requerido. Por otro lado están las hormigas corriendo enloquecidas para rescatar los pocos huevos que sobrevivieron el embate. Algunas, desesperadas, escalan la lengua del pangolín y la asaltan a mordiscos. El pangolín se relame. Es una masacre.

Tal vez por eso permito que las hormigas caminen por la casa, que sean parte de la casa, que sean la promesa temprana del verano, junto a los pájaros afuera con sus nidos y sus dramas, junto al olor a humedad en el aire, todavía incipiente.

“Are there ants in Heaven?”, pregunta una niña a su abuela en el libro que leo. La abuela, tan parecida a la mía, responde secamente “No” mientras juntas aprecian el campo abierto que las rodea de camino al pueblo.

noche

He estado distraído con la nieve y el invierno y todo lo que pasa, la amenaza.

Me distraigo con cualquier cosa. A veces con todo al mismo tiempo. Para no pensar. Para postergar lo que corresponda hasta que no haya de otra.

Hace un par de semanas estuve en Texas y todo parecía no solo falso sino caduco. Fue como viajar a un tiempo ya muerto.

Tal vez también me preocupo de más. Sé que no debería.

Al final hubo pista de hielo en el parque este año. La alcanzaron a disfrutar un par de semanas. Pero después llegó una tormenta de nieve que cubrió todo, incluso la pista. Y con las heladas y demás no hubo manera de recobrarla.

La semana pasada, de repente, todo se derritió en un par de días. Ahora solo queda el fango.

madrugada

En el parque cerca de la casa hay un prado amplio rodeado de árboles.

El invierno pasado, un grupo de vecinos decidió montar una pista de hielo comunitaria, para los niños.

Durante varios fines de semana los vi trabajar montando un marco de madera e inundando el área con una manguera.

Un hombre en particular visitaba el proyecto cada día, por la mañana. Alguien de mi edad, calculo. Probablemente con varios hijos. Seguro que es de esos papás que se levanta los domingos a las cuatro de la mañana a llevar al hijo de siete años a un partido de hockey de práctica.

Finalmente, hacia inicios de diciembre, parecía que el esfuerzo pagaría. Durante dos días, un fin de semana, hubo juegos y caídas, lo usual. Eso me contaron.

También me contaron que a veces, por la mañana, cuando rociaba la endeble placa de hielo con la manguera, el hombre terminaba cubierto por una capa fina de agua congelada que brillaba bajo el sol ocasional.

Pero al final esos fueron los dos únicos días de ese invierno cuando la pista de hielo fue lo que pretendía ser. El lunes todo se derritió y durante el resto del invierno, pese a los cuidados, pese a la atención, pese al trabajo dedicado de ese señor que nunca perdió la ilusión, la temperatura nunca se mantuvo lo suficientemente estable bajo el nivel requerido para que el hielo persistiera.

Este invierno, que no hay pista, el prado está inundado y una capa de hielo gruesa natural se extiende lentamente a lo largo y ancho del área donde hace un año había un marco esperándola con ansia.