media mañana

La niebla cubre la ciudad esta mañana. Como la gravedad, la niebla altera el espacio; lo atenua y perturba. Supongo que también el tiempo.

Caminar la niebla me recuerda paseos de infancia y el olor húmedo y verde del páramo.

Tal vez también la certeza de estar perdidos. Así como la claridad de que ante la pérdida (que suena como derrota) solo queda avanzar.

Debíamos tener unos nueve años. A veces me parece que todo pasó, o se volvió más real, cuando teníamos nueve años.

Cuando escribo en plural siempre pienso en Sergio. Sergio y yo éramos uno, especialmente entonces.

No sé cómo nos alejamos del grupo. No sé si nos perdieron o los perdimos. Recuerdo una bajada empinada. Tal vez nos resbalamos.

El suelo era una esponja de fango. Y alrededor la niebla.

También hay bruma en mi memoria el día que en un paseo del colegio fuimos acechados por un oso. Nadie lo vio, pero lo sentimos.

Ahora es sábado de 2026. Las montañas son casi un sueño desde acá. Perdidas en otro mundo. Deidades primigenias que siempre me esperan de regreso. Inexpugnables, pacientes, eternas. Una añoranza recurrente que se exacerba con la niebla.

crepúsculo

Hace poco cumplí años una vez más. Pesa, la verdad. Siento la necesidad de un cambio, aunque no sé hacia qué o dónde. Quizás sea cuestión de esperar.

Afuera hay guerras. Tanto dolor. Se acumulan y extienden. Nadie está a salvo. El diámetro de la bomba lo cubre todo.

Afuera también hay parques y perros desesperados por encontrar el lugar correcto. Hay una banca y sus encuentros.

Nos despedimos para volvernos a encontrar.

noche

Cada vez hay menos tiempo. Pero la vida se siente bien. Las calles están llenas de hojas y la perra camina tranquila a mi lado. No hay prisa.

mañana

Con el calor vuelven las hormigas. Procuro respetar su presencia. Caminan por toda la casa buscando Dios sabe qué. Comida, de seguro. Aunque a veces me pregunto si habrá algo más. La comida no parece ser suficiente justificación. De pronto quieren decirnos algo.

No sé de dónde vienen las hormigas. Se materializan en cualquier lugar. A veces, mientras escribo, descubro exploradoras en mis brazos o mis manos. Quien nos viera pensaría que salen de mí.

Hace poco vi un documental en Netflix sobre un pangolín. Un señor de mi edad dedica meses (¿años?) a cuidarlo, mientras el animalito suma suficientes kilos de peso para vivir por su propia cuenta. Así sobrelleva el señor (no el pangolín) su crisis de la edad madura. Los pangolines, me enteré en el documental, son esencialmente bípedos, como las gallinas o las personas. Sabía que comían hormigas y termitas, eso sí, pero las escenas donde el pangolín descubre una colonia y la destapa para luego arrasar con lo que parecería ser toda la producción de huevos del año me impresionaron. Por un lado está el pequeño pangolín hambriento, aprendiendo a vivir, todavía a tres o cuatro kilos de distancia del peso requerido. Por otro lado están las hormigas corriendo enloquecidas para rescatar los pocos huevos que sobrevivieron el embate. Algunas, desesperadas, escalan la lengua del pangolín y la asaltan a mordiscos. El pangolín se relame. Es una masacre.

Tal vez por eso permito que las hormigas caminen por la casa, que sean parte de la casa, que sean la promesa temprana del verano, junto a los pájaros afuera con sus nidos y sus dramas, junto al olor a humedad en el aire, todavía incipiente.

“Are there ants in Heaven?”, pregunta una niña a su abuela en el libro que leo. La abuela, tan parecida a la mía, responde secamente “No” mientras juntas aprecian el campo abierto que las rodea de camino al pueblo.

noche

He estado distraído con la nieve y el invierno y todo lo que pasa, la amenaza.

Me distraigo con cualquier cosa. A veces con todo al mismo tiempo. Para no pensar. Para postergar lo que corresponda hasta que no haya de otra.

Hace un par de semanas estuve en Texas y todo parecía no solo falso sino caduco. Fue como viajar a un tiempo ya muerto.

Tal vez también me preocupo de más. Sé que no debería.

Al final hubo pista de hielo en el parque este año. La alcanzaron a disfrutar un par de semanas. Pero después llegó una tormenta de nieve que cubrió todo, incluso la pista. Y con las heladas y demás no hubo manera de recobrarla.

La semana pasada, de repente, todo se derritió en un par de días. Ahora solo queda el fango.

madrugada

En el parque cerca de la casa hay un prado amplio rodeado de árboles.

El invierno pasado, un grupo de vecinos decidió montar una pista de hielo comunitaria, para los niños.

Durante varios fines de semana los vi trabajar montando un marco de madera e inundando el área con una manguera.

Un hombre en particular visitaba el proyecto cada día, por la mañana. Alguien de mi edad, calculo. Probablemente con varios hijos. Seguro que es de esos papás que se levanta los domingos a las cuatro de la mañana a llevar al hijo de siete años a un partido de hockey de práctica.

Finalmente, hacia inicios de diciembre, parecía que el esfuerzo pagaría. Durante dos días, un fin de semana, hubo juegos y caídas, lo usual. Eso me contaron.

También me contaron que a veces, por la mañana, cuando rociaba la endeble placa de hielo con la manguera, el hombre terminaba cubierto por una capa fina de agua congelada que brillaba bajo el sol ocasional.

Pero al final esos fueron los dos únicos días de ese invierno cuando la pista de hielo fue lo que pretendía ser. El lunes todo se derritió y durante el resto del invierno, pese a los cuidados, pese a la atención, pese al trabajo dedicado de ese señor que nunca perdió la ilusión, la temperatura nunca se mantuvo lo suficientemente estable bajo el nivel requerido para que el hielo persistiera.

Este invierno, que no hay pista, el prado está inundado y una capa de hielo gruesa natural se extiende lentamente a lo largo y ancho del área donde hace un año había un marco esperándola con ansia.

crepúsculo

De vuelta por acá porque descubrí que tengo una cicatriz en el dedo meñique de la mano izquierda que no recuerdo de dónde viene ni cómo pasó.

Y peor aún, mis ojos empezaron a flaquear hace unos meses y me cuesta trabajo ver de cerca. Así que solo puedo ver esa cicatriz bajo condiciones especiales: sin gafas, con la mano muy cerca a mi cara, cerrando uno de los dos ojos para poder enfocar.

Esto de la vista me tomó por sorpresa aunque debí saber que iba a pasar. Y no deja de frustrarme.

Parece empeorar cada varias semanas.

Siento que desaproveché muchos años de foco preciso sin mirar cosas con cuidado de cerca, a detalle.

Ahora siempre hay algo borroso ante mí. Necesito elegir.

crepúsculo

Hace calor afuera, creo que ya lo dije. Es fácil olvidar el invierno.

Por lo general prefiero mantenerme al margen del mundo. Más que todo porque me abruma participar. Pero de vez en cuando siento que debo decir algo porque supongo que hace falta o porque no decirlo me decepcionaría, me haría sentir que traiciono algún principio esencial sobre mí mismo en el que pese a todo todavía creo.

Hace un par de días en le parque de perros tuve un altercado con un par de personas que conozco que decidieron expresar sus opiniones discriminatorias en frente mío. Me ofendieron sus ideas, y la violencia que arrastran, pero también la sugerencia implícita de que yo no tendría ningún problema con ellas. Al final salí del parque molesto y angustiado, decepcionado también.

noche

A veces la distancia está más adentro que afuera. Cada vez todo es más ajeno aunque nada cambie.

En la calle hace calor y todo está lleno de flores. En la casa la orquidea parece dispuesta a brotar una nueva flor después de muchos años de silencio. No sé si lo suyo sea paciencia o indiferencia. El tiempo para las plantas se debe parecer más a nuestra vivencia del espacio.

Ayer fuimos a la playa en bicicleta, otro ritual perdido. A veces me resigno a perder lo que me hace bien cuando quiebro la rutina que lo hace posible. Como si la traición del quiebre momentáneo me condenara a renunciar.

Quisiera volver de mi distancia. Quisiera estar menos lejos otra vez.

dawn

Here is a twist. Out there the world sounds like this and by now I am used to that noise. It is a noise I can descipher. I am even able to make contact. I can see someone else out there, far away, and establish an exchange, a deal, of mutual acknowledgement. I could. I can. It takes effort to let yourself be seen. It is a terrifying act. It places you, the reluctantly alive, at the centre of feelings you tend to avoid; to keep yourself whole, perhaps, even if empty.

(It is survival, something says.)

And yet I do it. And feel fragile for even thinking it is possible. Hope shatters itself as it grows. It cracks and reshapes as it holds more and more of what you are. It is not intended for that purpose. You cannot really live within.