media tarde

A veces me gustaría poder escribir como Pedro, tener ese nivel de control. Las palabras me encantan pero también me cuestan y frustran.Casi siempre me arrastran. Nunca siento que logre de verdad expresar lo que quiero, ni en cuanto a precisión ni en cuanto a tono. No tengo la paciencia. Hago lo que puedo, como con todo lo demás. No me dejo atrapar por eso. Después de cierto punto de la vida hay que contentarse con el esfuerzo. No creo que sea resignación. Es más bien conciencia de la asíntota.

atardecer

Antes tomaba muchas fotos. No sé por qué dejé de hacerlo. No fue una decisión consciente. Cuando encuentro las fotos que tomaba me agradezco el pequeño esfuerzo de cargar la cámara a todos lados por varios años. Así puedo regresar a los primeros años de la hija y verla de nuevo mientras aprendía a caminar, o comía sus compotas a dos cucharas, o jugaba en la sala del apartamento donde pasamos sus primeros años, en ese otro pueblo del que también nos fuimos. Ahora la veo sentada en el sofá, lee un cómic que sacó de la biblioteca. Me pide silencio cuando le pregunto de qué se trata. A veces me manda lejos. Cada vez tomo menos fotos y nunca cargo la cámara. Está colgada de alguna puerta. En ocasiones la llevo a pasear y al final nunca la saco. Uso el teléfono para eso, pero es un acto distinto, como si no perduraran aunque en algún lugar seguro queden guardadas. Siento que pierdo algo.

noche

Hace un mes largo cumplí cuarenta y tres años. Ya no se siente mucho el golpe. Es hasta honroso: empieza a parecer un logro, tanto con tan poco. Si acaso a veces da es como vergüenza tener cuarenta y tres años y seguir en las mismas de siempre, con todo ese tiempo desaprovechado en distracciones. Aunque de pronto ese sea el mérito, se me ocurre ahora. De pronto esa vocación para el ocio sea lo que debo atesorar.

media mañana

Ya casi no le entiendo a la hija cuando me habla en cualquiera de esas lenguas que habla, incluso cuando habla en la que pensaba que era mía. Lo acepto como parte de la experiencia de crianza que hemos, hasta cierto punto, elegido. Creo que ella tampoco entiende lo que le digo pero no siento que sea algo que la agobie o la incomode, eso es importante. La incomprensión que compartimos enfatiza también nuestras afinidades, esos pequeños puntos de contacto como el aprecio por la música pop y la aritmética. Se me hace que se sobreestima la necesidad de entender, de intercambiar claridades. A veces es hasta contraproducente. Lo mejor, con frecuencia, es encontrarse y comulgar en la confusión. Aprender a desconocerse.

mañana

A veces reviso las inscripciones en las placas de cemento de las aceras para saber hace cuánto tiempo están ahí. He encontrado algunas, todavía existen, que son mayores que yo, pero la mayoría llevan años que recuerdo bien, que son míos, de mi tiempo. Mientras camino sobre ellas pienso en lo que hacía, dónde estaba, qué me importaba, qué esperaba de mí, en esos días cuando la placa de cemento fue vertida en el andén, tal vez después de alguna reparación de tuberías. Sospecho que muy pocas de esas personas que fui me imaginarían años más tarde sobre esa acera de camino adonde quiera que fuera. De pronto incluso ni siquiera lo entenderían. Y no importa, supongo. Yo tampoco las entiendo a ellas.

atardecer

Tenemos dos matas en la sala. Creo que las tenía en la oficina anterior y las traje a la casa cuando renuncié con la intención de llevarlas al nuevo trabajo cuando quiera que empezara, pero finalmente nunca lo hice. Ya en mayo cumplo un año en el nuevo trabajo, o sea que las matas llevan un año en la sala ya. Una de las matas suelta flores blancas invertidas (no sé cómo más describirlas) y la otra es una de esas que hojas largas son vetas rojas en los bordes. La de las hojas largas le ha ido mejor, crece y crece, pero ya no cabe en su maceta original, se rebosa, y sospecho que debería comprar una nueva. Es la primera vez que llego a este momento con una mata bajo mi supervisión. Casi siempre mis matas mueren muertes tristes en macetas olvidadas junto a radiadores de calefacción que las achicharran. Nunca abandonan la fase aspiracional. Me angustia que al transplantar la de las hojas largas la condene a alguna muerte horrenda. Ya me acostumbré a que esté viva.

noche

Varias veces de regreso tarde a la casa he terminado a metros de la mofeta vecina. Por lo general la veo antes de correr riesgo de ser rociado y aunque ella también me ve, estoy seguro, le importa poquísimo mi presencia y sigue en el andén concentrada en lo que quiera que haga una mofeta a esa hora. ¿Tal vez cazar? Desde lejos parece una mota, o quizas una bolsa, no se mueve con gracia, parece torpe, casi nunca corre, se contonea nomás, como borracha. Para prevenir un asalto, en cuanto la veo abandono el andén y camino por la calle, guardando distancia suficiente para que no se sienta amenazada. Una vez a salvo vuelvo al andén sin perderla de vista y por si acaso apuro el paso los últimos metros. No quiero que sepa que le tengo miedo.

noche

El código de ayer para dibujar los patrones (que @moebio llama ahora textiles) no era muy adecuado para entenderlos pues se concentraba, sobre todo, en dibujarlos. Una representación matricial resultaría más apropiada.

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